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Una especie de Blog

agosto 22, 2019

Anatomía de una identidad

De alguna manera, a modo casi de presentación, va este artículo como para responder a las preguntas de ¿Por qué Lufso? ¿Qué significa el logo? ¿Por qué esos colores?

El porqué de Lufso

La respuesta a la primera pregunta es básicamente simple: Lufso es un acrónimo a partir de las siglas de mi nombre completo. Lo que daría como resultado: «L.F.S.O.». Pero como era medio impronunciable, me tomé la licencia de agregarle la segunda letra de mi primer nombre para resolver dicha cuestión.

Ahora bien, claramente Lufso no es una creación íntegramente mía. En primer lugar debo las siglas a mis padres por el nombre y el apellido. En segundo lugar a un primo que acostumbraba a saludarme como «Lutzo» medio haciéndose el italiano, sin darse cuenta que esos fonemas casi encajaban con mis iniciales. Y realmente no se había dado cuenta hasta que una noche me dijo: «No, no es Lutzo, no encaja, en todo caso sería Lufso». Y así fue.

El primer logo

La historia anterior sucedió por el 2007 cuando yo todavía iba al secundario y apenas iba conformando un perfil artístico serio. Pero la cuestión con el logo viene desde mucho antes, desde la infancia.

Habré tenido cerca de siete u ocho años la primera vez que lo dibujé y fue en consecuencia de una charla que mi hermana tuvo con una de sus amigas. Me acuerdo que estaban merendando de un lado de la mesa del comedor mientras yo, del lado opuesto, dibujaba y jugaba. No sé de qué charlaban pero tenían un cuaderno que iba y venía. En un momento dado se pusieron a escribir sus iniciales y a tratar de generar un «sello» que ocultara y al mismo tiempo evidenciara sus identidades. Yo, como cualquier niño que descubre un juguete nuevo, me sentí fascinado por el ingenio y la creatividad de la operación y -como cualquier niño con juguete nuevo- la exploté hasta el hartazgo. Rápidamente, sumido en mi silencio privado, llené unas varias hojas con no sé cuántas combinaciones que iban desde las más extrañas y enrevesadas hasta algunas casi insostenibles. Pero al fín, flexibilizando mis propias reglas, cedí con que la S no fuera curva y di con un primer logo.

Y así fue

Hasta aquí lo contado sobre el logo y el nombre fueron cuestiones fortuitas. Lo que no fue así -y en realidad fue todo lo contrario- sucedió a finales del secundario cuando enlacé ambas cosas y las asumí realmente como una identidad artística.

Cursaba el último año y, si bien me conocían por otro sobrenombre, poco a poco fui firmando dibujos y cuadros como Lufso. Rara vez garabateaba (como para agilizar la cuestión) el logo en alguna parte sin intenciones de conjugar ya que en mi cabeza todavía no se habían asociado ni por sospecha ambas cosas.

Dos años antes había comenzado a escribir poesía y tampoco imaginaba llegar a publicar ni a transitar el camino de la escritura como tal. Hasta entonces mis objetivos artísticos se ceñían únicamente a la plástica. Pero la poesía, sin quererlo, me atrapó desde entonces y todavía perdura. En ese proceso de descubrimiento del mundo literario me llamaron la atención dos cosas: la primera es el hecho de que tantos escritores hayan utilizado seudónimos o parte de sus nombres (uno con sólo buscar puede comprobarlo); y la segunda, que esos nombres sonaran tan bien y con tanta presencia al punto de que al pronunciarlos completos sucediera esa cosa extraña de estar nombrando algo mucho más rico que sus identidades en seco.

Y ese fue el primer impulso. Quería empezar a firmar las obras con un nombre que fuera particular y que se distinguiera, pero no quería abandonar o cambiar mi nombre real. El problema en cuestión radicaba en la extensión que no me terminaba de cuadrar (cuatro palabras). Y ya que mis nombres no me desagradan, no quería tomar preferencia por uno o por otro, mucho menos cortar mi apellido que -para colmo- es compuesto. De esta forma decidí empezar a firmar como Lufso, pero ya no como venía firmando en forma de siglas (Lu.F.S.O.) sino como una identidad nueva al igual que (me daría cuenta después) lo hicieron Moliere o Stendhal por ejemplo.

Con esto solucioné todas las cuestiones: no renegaba de mi nombre sino que lo dejaba subrepticio, establecía una identidad nueva que fuera paralela a mí y al mismo tiempo una creación para la creación, y así mismo instauraba un seudónimo conciso, creativo y un tanto particular.

En conjunto a todo lo anterior decidí también que ese logo que solamente dibujaba como para marcar de forma rápida y personal mis cosas, se convirtiera en mi emblema, en mi escudo, en mi marca y que, al verlo, se asociara al sonido del seudónimo.

Preludio anatómico

Antes de exponer el análisis del logo (que en realidad es un isotipo) voy a contar las dos grandes influencias (guiño guiño) que me llevaron a aceptarlo y asumirlo en conjunto con el nombre.

Isotipo de Tolkien

La primera de esas influencias fue Tolkien a quien descubrí recién al final del secundario como el autor de El Señor de los Anillos, película que me había fascinado unos años atrás y de la cual desconocía que estaba basada en un libro (si, vivía en una burbuja, ya sé). Ni bien me enteré de ello lo primero que hice fue adquirir los primeros libros que compré por propia voluntad y gusto. Y ahí fue cuando descubrí (omitiendo la obra) el símbolo de Tolkien.




La segunda influencia (nunca mejor dicha) fue Charly García con su logo de SNM que pueden googlearlo o verlo al principio de este video y de paso escuchamos algo de música.

Ambas cosas me dieron el respaldo y el ánimo para, de una buena vez, desarrollar y diseñar definitiva y profesionalmente la imagen de identidad.


Anatomía al fin
COLORES

Empecemos por los colores. Como bien pueden ver son tres (aunque algunas veces se omita uno): el negro, el blanco y el rojo, de los cuales el rojo es el predominante y el que da la identidad en juego con el blanco y el negro.

La elección altamente influenciada por Charly, Pink Floy con The Wall, las pokebolas y otras cuestiones aleatorias como por ejemplo que el número cinco (mi favorito y la cantidad de letras de Lufso) siempre me pareció rojo, no me dejaron otra opción. Sin embargo no quería que el rojo fuera el rojo brillante y clásico, siempre me gustó más ese rojo un poco declinado.

La psicología del color nos dice (más o menos y parafraseando):

Rojo: es el color del fuego y de la sangre, del estímulo, la pasión, el amor y el odio al mismo tiempo, del valor, el poder y el peligro.
Además de que es un color que no pasa desapercibido, lo elegí, tornándole el tono, por esos cielos nublados y nocturnos que siempre me cautivaron (aunque en la realidad sean de un tono más como la carne de las ciruelas), y porque me evocaba también esa actitud contradictoria entre lo elegante y formal y lo atrevido e impetuoso.

Negro: es el color de la muerte, el vacío, la noche y la oscuridad, también es el color del poder, la elegancia y lo sofisticado.
Lo elegí precisamente por la noche y su emparentamiento a la soledad, al misterio y al infinito.

Blanco: el el color de la pureza, la paz, la simpleza y la virtud. También es el color de la luz y la luna.

Ambos, el negro como el blanco, son valores, no así el rojo que es realmente un color. El blanco enlazado al negro evocan a la noche, al brillo que quiebra el vacío en el infinito, la luz que por más pequeña vence a la oscuridad. El negro en relación al rojo representan lo formal, lo elegante, el poder y la advertencia de que algo está por suceder, el suspenso y la atención. El blanco, por su parte, enlazado al rojo es esa antítesis de la tranquilidad, la simpleza y lo sencillo frente a la vorágine, a la pasión y al peligro.


FORMA

Continuemos por la morfología: anteriormente, como ya conté, el isotipo es una unificación de mis iniciales LFSO (omitan encontrar la U). La L y la F pueden encontrarse en el centro, la S, resumida a un zigzag, surca desde la base hasta culminar en el círculo que representa a la O.

El isotipo final, con esa estructura tan particular, dista poco y nada de los que -salvando el pulso- siempre dibujé en el papel desde aquella primera vez en la infancia.

El concepto, me gusta decir, se aleja de lo clásico como en el caso de Tolkien sin perder lo formal; y del caos como en el caso de Charly sin perder lo creativo. Posee formas abiertas, trazos sólidos y figuras básicas y concretas que en conjunto generan algo más complejo, dinámico y a la vez coherente. Aparenta inestabilidad (aunque no la tenga) en la composición; insinúa un peso oculto hacia la derecha (evocando dirección hacia el avance), y hacia arriba (hacia la evolución). El cruce de las diagonales que forman triángulos y flechas instauran múltiples objetivos que pueden ser exteriores y volver al centro en contraposición del círculo que quiebra y da frescura y flexibilidad para también establecer que por más abierta y extrovertida que sea el todo no pierde su esencia y unidad.

Un punto a parte aquí, como para ir cerrando de forma un tanto amena, es que a simple vista parece una persona saltando, lo que me gusta por el carácter alegre y divertido que sugiere; también parece una persona sentada, lo que me lleva a la calma, el pensamiento y al desarrollo de las dos artes que practico que generalmente se hacen de sentado.

Para terminar dejo al final un video de cómo trasladé el isotipo que dibujaba a mano alzada a una composición en base a la proporción áurea dentro de un rectángulo áureo, lo cual explica y sustenta toda la figura y las medidas.


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