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Las plumas negras

Ella tenía tan bellas las pupilas. Eso es lo que solía decirme a mitad de la noche parado entre las sombras de la habitación. Siempre lo amé y es por eso que nunca me asustó ninguna de sus acciones, ni dude nunca, de su cordura. Lo cierto es también, que aquellos arranques imprevisibles y esa manera de comportarse tan misteriosamente desquiciada, por así decirlo, fue lo que me llamó la atención desde un principio. Cómo negarme a sus ideas y ocurrencias imprevistas; él poseía ese romanticismo onírico y alienado que podía compararse a lo más absurdo del amor, pero sin ser, en lo más mínimo, algo cliché o decorado, y era solamente porque él estaba ahí.

Había veces en que se perdía entre los jardines de rosas, y antes de que yo despertara, preparaba el desayuno y me lo traía en una bandeja llena de espinas. Según él, con eso me ofrecía todo lo malo, porque lo bueno de sí ya era mío. Además le gustaba observarme mientras yo profundamente respiraba el perfume de las rosas desde el balcón, y para que eso no dejara de pasar, no se atrevía a cortar ninguna flor del jardín.

Recuerdo claramente que comenzaba el invierno cuando yo, propensa a toda enfermedad, contraje el viento del sur, como le llaman, y tuve que permanecer recostada en la cama desde entonces y hasta mejorar, según el doctor. Aquello conllevó a numerosos tratados y mimos por parte de él: comidas especiales servidas en la cama llena de espinas, música en la habitación, un vitral diferente cada semana que cambiaba los colores de las
mañanas y las tardes, un hogar inagotable de calor reavivado constantemente con inciensos variados y muchas otras cosas más, propias de su loco corazón.

Yo no podía servirle. No podía curar su ceño fruncido después de un largo tiempo de trabajo. No podía remontar su abstracción cada vez que él caía entre las páginas de algún libro. No podía ayudarlo a volar, como él me decía que hacía cuando se encontraba en lo más oscuro, triste y desolado de su ser con sólo mirarlo. Ya no podía salvarlo. Ya no éramos las dos alas de un mismo pájaro; él ahora me servía; curaba a su ala cansada.

Una mañana, pasadas dos semanas de mi diagnóstico, cuando el frío que rastrillaba desde el sur la tierra se hizo más crudo, se recostó todo el día conmigo luego de haber colgado en el alto techo, sobre la cama, un enorme atrapasueños que había hecho con ramas, plumas y figuras de madera que él mismo había tallado en forma de pequeños pájaros. El objeto era sin duda hermoso y fingía parecerse a los adornos que se ponen en las cunas
para mantener la atención del bebé y tenía, además, pequeños lugares desde donde sonaban suave y armoniosamente unos llamadores de ángeles que él también había hecho con pequeños tubos de metal o caña hueca.

Así que ese día, luego de colocar la enorme obra de arte en el techo y de cenar, nos quedamos recostados mirando las figuras que giraban o daban vueltas en lo alto de la habitación, escuchando los suaves tintineos. En un momento y sin mirarme, me preguntó qué animal me gustaría ser si pudiera reencarnarme en uno. Yo le respondí que desde siempre me habían gustado los Súrinos, una raza de aves de plumas negras y un pico elegantemente rojo que aparecen sólo en invierno traídos por los vientos
helados del sur y que, según cuentan, conllevan consigo pesares y mal agüero. Él me miró como esperando saber el porqué.

Yo, con una tos temeraria, le expliqué que siempre me habían
parecido aves excelentes en sus vuelos, que poseían un plumaje
fantástico y un pico lleno de un color rojamente latente, y que
además de su estética, me gustaba el hecho de que eran aves melancólicas
y legendariamente temidas. Volvió su mirada al techo y dijo que él elegiría lo mismo con tal de que los dos estemos juntos y vivamos al filo del temor de la gente. Yo intenté echar a reír en ese momento porque entendía sus ocurrencias mezcladas con verdad, amor, ternura y humor, pero la tos no me dio paso y sólo tuve que conformarme con sonreír. Después de eso nos
quedamos dormidos.

A la mañana siguiente el sol no apareció nunca entre la densa capa de nubes oscuras. El vitral no teñía la habitación con el color de la semana y los adornos del techo no giraron ni sonaron. Él se levantó a reavivar el fuego y se paró a mirar por la ventana. Se veían las ramas quietas de los árboles y una que otra hoja se movía. Pasó un tiempo mirando hacia fuera con la cara bañada de gris hasta que se escuchó el vuelo de unas aves que se acercaban. Se arrimó a los vidrios para mirar cómo los pájaros se posaban sobre el techo y alrededor de las celosías. A los segundos giró rápidamente hacia mí para decirme que eran Súrinos, ¡decenas de Súrinos! pero quedó inmóvil frente a la cama y calló. Yo intenté sonreír y decirle que no se preocupara, que todo era una vana leyenda; sin embargo agachó la mirada y salió de la habitación. Debo decir que no recuerdo más desde ese momento porque caí en un sueño prolongado.

Cuando por fin recuperé fuerzas para despertar estaba todo oscuro, el vitral brillaba con la luz de la luna y algunas figuras de madera se movían en lo alto. Miré a mi alrededor y todo parecía normal, hasta que incliné la cabeza y escudriñé hacia los pies de la cama: ahí estaba él, parado inmóvil en la oscuridad. Fue entonces cuando pronunció por primera vez la frase, observándome con esa mirada indirecta… ella tenía tan bellas las pupilas.

A causa de mi enfermedad yo permanecía durmiendo casi todo el día. El único momento en que despertaba era por la noche y siempre era lo mismo: inclinaba la cabeza y ahí estaba él, de pie, mirándome sin mirarme y repitiendo el mismo proceso cada noche: ella tenía tan bellas las pupilas, y con eso giraba y salía de la habitación. Quién era ella, no sabría decirlo, él siempre tuvo personificadas todas sus emociones, pero yo supongo que se trataba de su inspiración, la única que además de mí, era nombradapor él. No me preocupé mucho porque sé que me ama, pero es ineludible dejar pasar por alto lo otro que ocurría. Además de pronunciar aquella frase, él siempre traía en su mano una pluma negra que dejaba caer al momento de irse. Al principio fue difícil darse cuenta del hecho pero luego, ya acostumbrados los ojos a la oscuridad, pude apreciar que eran plumas de Súrinos, bellas y brillantes, las que dejaba caer.

Ahora miro hacia la ventana y extraño salir al balcón a respirar el perfume de las rosas que asciende desde el jardín y recuerdo el último día en que las flores permanecieron antes de caducar contra el frío. Él me había abrigado demasiado y me había llevado en sus brazos hasta el balcón para que yo pudiera presenciar y sentir, una vez más, los últimos rastros de los pétalos. Después de eso no pudo sacarme de nuevo ni abrir las ventanas y fue ahí cuando hizo los vitrales y el gran atrapasueños. Luego comenzaron a llegar estas noches rutinarias en que él viene, como ahora, se para frente a los pies de la cama, ella tenía tan bellas las pupilas, suelta la pluma y se va.

Hoy me siento mucho mejor. Me he despertado, después de no sé cuánto, por fin, de mañana. Y es una mañana tan igual a aquella anterior: gris, oscura, quieta. Sólo que él no está parado frente a la ventana; la que está allí soy yo, vestida con todas las plumas negras. Me veo tan hermosa como cualquier Súrino. De pronto él entra en la habitación, abre la ventana y yo entro con mi elegante pico rojo por ella, aleteando sobre su mirada. Él retrocede unos pasos, me mira fijamente y me dice “Tenés tan bellas
las pupilas” entonces el sol se abre paso, el vitral ilumina la sala con el color de la semana, los llamadores de ángeles suenan y su cuerpo cae sobre la cama vacía.


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