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La casa oyente

Hubo entonces una casa en la que nadie quería vivir. La explicación era muy sencilla y paranormal para todo el mundo: la casa podía oír absolutamente todo, hasta los pensamientos, y por eso era sinónimo de pánico y antónimo de visitas. ¡Já! Que absurdo; puros inventos.

Un día llegó al lugar un hombre poco común que buscaba cosas extrañas. Creo haberlo escuchado decir que perseguía cuestiones inexplicables e investigaba sucesos paranormales.

Pero lo que más me llamó la atención fue lo que explicó después: era capaz de comunicarse con las almas de los muertos, lograba ver fantasmas y lo mejor y más llamativo de todo era que podía -según él- ayudarlos a descansar en paz. Esto último me atrajo mucho, puesto que yo tenía la misma capacidad natural -atributo que me llevó a investigar si lo suyo era de verdad cierto y no puro chantaje-.

Es sorprendente ver cómo la gente cree en estupideces, pero cuando uno intenta hablar con ellos y les confiesa que es capaz de ratificar cosas sobrenaturales y eventos extraños, éstos mismos se espantan y terminan por considerarlo a uno un demente, un endemoniado y pasan paulatinamente a exiliarlo de la vida normal y a esquivar todo contacto y relación.

Esa idiotez de esquivarme como si fuera un bicho raro era lo que mayormente me enfurecía y me llevaba a esconderme días enteros en aquella casa. Yo sabía bien que allí no ocurría nada y además era el lugar perfecto para alejarme y quedarme solo, puesto que jamás nadie quería poner un pie ahí.

Supe muy bien que el hombre había llegado al pueblo tras La Casa después de haber escuchado rumores y de recibir más de una carta, escrita por habitantes de la zona, en la que le contaban lo que ocurría y pidiéndole por favor si podía venir a investigar.

Yo no era muy tolerado ni querido en el pueblo. Como ya dije, nadie me tomaba en cuenta cuando intentaba hablarles sobre lo que sabía. Por ello, cuando aquel hombre llegó y supe que portaba mis mismos dones, no me quedó mejor idea que intentar conversar con él para que les corroborara a todos mi capacidad. Por fin dejarían de esquivarme y me tomarían en serio.

Muchas veces intenté acercármele para conversar, pero nunca se detuvo ni giró la cabeza en sus veloces marchas. Lo califiqué de soberbio, aunque no me sorprendió mucho, puesto que cuando llegó, las únicas palabras que cruzó fueron las de las indicaciones de cómo llegar hasta La Casa y nada más. Así que opté porque terminara de hacer sus investigaciones sobre lo
que venía a buscar y luego, cuando ya hubiera sacado todas sus conclusiones, iría por fin a conversar con él. Como ya dije: desde hace tiempo estaba cansado de que nadie me escuchara y una persona como él era lo único que necesitaba.

Y sucedió así que el hombre llegó a La Casa. Del baúl de su auto extrajo su equipo –como pensé yo- de investigación. Pasó días ahí dentro haciendo pruebas y una especie de rituales extraños. Pero al fin llegó a la conclusión -como todos los anteriores de que la casa podía oírlo todo: según sus apuntes –que con saña y sigilo me dispuse a espiar-, caminaba hacia el salón y el suelo crujía detrás de sus pasos; subía las escaleras y rechinaban los escalones anteriores. Lo único bueno de sí era que no sentía temor por lo que ocurría. Pasó días enteros en la casa, hasta que la misma –como él anotaba en sus cuadernos- fue incapaz de oírlo: se había vuelto tan cauteloso que podía acercarse hasta un colibrí y sentir su aleteo veloz en el rostro sin que éste se diera cuenta de su presencia y huyera.

Su objetivo era eso mismo: volverse completamente silencioso para embaucar a la casa. Pero pasó tanto tiempo tratando de descubrir sus intenciones, que llegó a vivir más de semanas, meses y hasta años allí dentro. Se había vuelto casi loco, porque lo poco de cordura que le quedaba, era lo que lo mantenía en constante investigación. Pasaron tantos años más en aquella situación que el cuerpo de aquel hombre se hizo por poco silencio.

Y para mí, de tanto que había pasado, la espera ya se había vuelto tediosa; sin embargo decidí aguardar un poco más.

Un poco más hasta que sucedió que el hombre llegó al final de sus días, pero se había hecho tan sigiloso, que ni la muerte oyó cuando moría, y tuvo que verse así mismo descomponerse, hasta que al final, su alma no estuvo sujeta nunca más a su cuerpo y al fin yo pude conversar con él, de IGUAL a IGUAL, y decirle que la casa no tenía nada paranormal.


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