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Diez. Nueve. Ocho.

Tarde celeste mecedora de nubes
nubes curiosas en cascadas por el cielo.

A mi lado ibas tú, amor, ajena de amor mío.

Caminabas a mi lado como por el horizonte
lejana estrella donde cae la luna de mis noches.

Tarde que el destino marcó en el calendario.
Diez. Nueve. Ocho. Contaban los lapachos.

Banco que esperaste encallado nuestro arribo
mudo en una plaza aguardaste nuestras espaldas.

Tarde celeste, pincel, entre tu pecho y el mío
Dama entre tus ojos reposa mi esperanza.

Sentados, la tarde pintaba la escena soñada.
El jacarandá un cielo de sueños imitaba.

Absorto mi pensamiento en tus labios
de un lado tuyo yo y del otro una propia mano.

Boca hecha de pinceles de pétalos y manzanos:
Acuarela silenciosa cargada entre tus labios.

Beso que vagaba en nuestro momento escudriñando
Una vez: y se deslizó, dos veces y la oscuridad llegó.

Tarde celeste meciéndome entre las nubes
nubes curiosas en cascadas por tu boca.

Para cuando abrí mis ojos
el jacarandá cantando, un cielo de sueños imitaba:

Pero nunca, no
tan celeste como el beso de tus labios y tu boca.


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