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El Molino del Viejo Bruno

I
Bruno nació carente de recursos al igual que el pueblo. Cuando su madre dio a luz en plena oscuridad pudieron advertir que el niño brillaba en medio de las sombras. “Wuhu, la lechuza guardiana de los astros, ha dejado paso en él, el brillo de alguna estrella” dijeron. De igual modo ese asombro no duró demasiado, porque la luz que irradiaba el niño se extendió a través del cordón umbilical hasta su madre y, sin darle tiempo a nadie ante la turbación, se desplazó con velocidad. Así la mujer, presa del grito y el dolor, caducó ante el resplandor que la incineró desde adentro.

Absortos y frente a un cadáver calcinado, los que habían asistido al parto tomaron a la criatura y la llevaron lejos, muy lejos, campo adentro. Acostaron al niño que resplandecía blancamente en medio de la espesura y se decidieron a volver. Pero pronto los pastos ardieron instantáneamente con un destello de llanto y los acorralaron. De esta forma les llegó el fin.

Un granjero que vivía a las afueras del pueblo presenció el incendio y ni bien hubo sido de día se encaminó al lugar humeante. Allí no vio nada más que cenizas y ramas negras… salvo… un pequeño bulto grisáceo que se movía aletargadamente. ¡Un niño! Y tomando con cuidado a la pequeña criatura bañada en cenizas la limpió y la llevó a su rancho.

—¡Mira, mujer, he encontrado una criatura en el fuego!
—¿Qué estás diciendo?
—Que la he encontrado en el fuego. Estaba en medio de las cenizas.
—¿De qué hablas? No desvaríes.
—¡Que no, te digo! Ven a ver.
—¡Lléveme la serpiente!

II
Es verdad que los granjeros nunca se recuperaron del hecho que el niño —al que nombraron como Bruno— había sobrevivido a tal incendio y, por sobre todo, resplandecía como un reflejo de las olvidadas estrellas. Aquel brillo acompañó a su piel durante el primer año y luego se le trasladó a los ojos. Mirarlo fijamente suponía no poder hacerlo, más en la oscuridad, cuando su fulgor cobraba verdadera fuerza y podía divisárselo, si venía de frente, a grandes distancias.

Poco a poco el estupor ante la luz de su mirada se convirtió en una rareza habitual que no se consideraba natural pero sí normal. Aunque… ese no fue todo el asombro que provino de él: Bruno nunca necesitó de la leche materna; podía alimentarse de cualquier cosa sin sufrir la menor molestia. Tampoco emitió ningún sonido durante su niñez y en los años siguientes de su vida jamás lloró. Los dolores parecían no afectarle y, si por alguna razón algún elemento hubiese querido dejar su cicatriz en él, no pasaría mucho tiempo antes de que no quedara ni un vano recuerdo. La oscuridad y la noche lo potenciaban, y era en esas horas cuando adquiría el semblante de un dios vetusto y olvidado, excelso en belleza, prodigando en la quietud y la soledad la esencia de su naturaleza.

Ante su presencia en aquellas horas parecía medir el doble de la altura diurna e imponía el silencio y la admiración de cualquier cosa dotada de movilidad (entiéndase aquí que hasta las larvas pausaban y las raíces se encogían). Se sabía que era excelso en el diálogo y la oratoria desde muy joven y, a pesar de ello, no hablaba a menos que fuera indefectible. Nada de lo que pudiera ser asombrosamente importante para cualquiera lo seducía; lo único que le importaba era saciar esa luz interna que lo llevaba a crear innumerables cosas.

Ante la falta de conocimiento sobre el cansancio y la debilidad desde muy pequeño tallaba sus propios juguetes en madera resguardándose días y noches en algún rincón inhóspito. A los seis años hizo todos los muebles de su casa y futuramente los de todo el pueblo. Bien le vinieron a sus padrastros toda esa energía y ansias por hacer tales obras que, no cabiendo ya en las salas del rancho y los galpones y con el consentimiento de su hijastro, se fueron vendiendo. No había lugar que no tuviera algo tallado por Bruno. Así, sin conocer al pequeño hacedor (porque sus padrastros lo protegían ante la gente), se lo admiraba y respetaba.

—Tenemos al mejor carpintero que se podría pedir.
—Es cierto eso. Más que carpintero es un artista.
—Me pregunto si el señor granjero sería el artífice de tales obras.
—¡Oh! No lo creo. Lo veo muy anciano para cualquier tarea. Dicen que hay alguien más detrás de todo esto… el verdadero responsable.
—¿De verdad? Es increíble que una persona con tanto reconocimiento no se muestre a reclamar su obra. Más aún: su propia gloria.
—Es mejor no preguntar. Hay secretos que más vale sean una incógnita silenciosa antes que una exclamación desbocada.
—Puede ser. Pero la grandeza ocupa mucho espacio. Algún día tendrá que salir a la luz.

III
Cuando hubo cumplido cerca de veinte años Bruno decidió que su conocimiento estaba ligado a un hambre de exterior, de horizonte, de tierras a donde nadie jamás había llegado antes y así, sin que sus padrastros lo supieran, abandonó su hogar una noche y dirigió sus pasos más allá de lo concebible.

Para la mañana siguiente ya había dejado atrás el pueblo el doble de lo que un caballo al galope se hubiese demorado. El paisaje era repetido, llano y monótono. Tanto, tanto, que esa misma carencia de originalidad comenzó a agobiarlo y a someterlo en una desesperación pausada. Pero Bruno no podía volver; necesitaba el más allá.

Esa misma noche se tumbó en un pequeño claro y dejó que la oscuridad lo inflamara en su tranquilidad. Soberbio como era habitual en la madrugada, ahora inmóvil, parecía una escultura olímpica en algún palacio mítico incitando a la prosternación.

—¿Sabes tú, dignísimo, si eres inmortal?

Y esas palabras significaron la grieta en la roca más dura. Nada ni nadie jamás había interrumpido la noche de Bruno. Abrió los ojos y notó que los pastos, más allá de la inmovilidad de su respeto, tenían miedo. Torció la cabeza a ambos lados y no vio a nadie.

—La grandeza no es sólo de las grandes cosas.

Y ahí fue cuando lo vio: un ututo cobrizo, casi tan pequeño como su pulgar.

—¿Sabes tú, responde, si eres inmortal?
—No, no lo sé. ¿Cómo podría saberlo?
—Regresa a tu casa y busca a tus padres. Cuando los halles, si no los reconoces, entonces eres inmortal.
—No puedo volver, mi deseo y mi luz están puestos en lo inhóspito ulterior al horizonte.
—Has dejado tu casa hace más de lo que imaginas. Si no vuelves ahora no la hallarás de nuevo. Más allá de aquí no hay nada y si tu ambición y deseos son tan grandes entonces muérdeme, mastícame y devela todo aquello que quieres saber.

Y como era natural en la plenitud de conocimiento de ambos no se pronunció una sola palabra más. Los dientes de Bruno masticaron al pequeño animal sumiéndolo, casi como un relámpago, en extensas visiones fugaces. Durante ese trance se desplazó distancias etéreas alrededor de aquel sitio a través de pastizales inagotables que espejaban la idiosincrasia del sol y, finalmente, agotado de la repetición brutal y exhaustiva, terminó por aceptar que más allá no había ni encontraría nada. Cuando volvió en sí, el sol había empezado a rastrillar el horizonte y por primera vez sintió la angustia en su espíritu exhortándolo a tornar su marcha de vuelta.

La primera imagen que tuvo cuando regresó a su hogar fue la de la mañana encaramándose por las paredes del rancho y un bajorelieve lapidario de una señora ignorada y triste. Todo se hallaba en el mismo lugar con la impronta de tempestades y descuidos. Sentado bajo la galería roída se hallaba un anciano desconocido, hostigado por las arrugas y la decrepitud. Se preguntó qué haría allí aquella carcaza de persona que se sujetaba a la vida de un hilo frágil.

—Señor ¿Sabe si el viejo granjero está en casa?
—¿Bruno?

Y una sensación de montañas gritando se apoderó de su cuerpo y su espíritu. La voz del anciano era tenue y arenosa como la hierba seca. Una lágrima le delineó soledades por su rostro decrépito y se desvaneció.

—Te fuiste sin decir una palabra. Largos años tuve que vivir soportando tu decisión sin saber si quiera si ibas a volver… Siempre supe que aparecerías un día iluminando el muro de la noche… He sobrevivido para presenciarlo… La que me entristece es tu madre que pereció hacia mi soledad… Recuerdo cuando te encontré entre las cenizas… fue una mañana igual a esta…
—¿Me encontraste?

Pero el anciano cesó de respirar.

IV
Bruno recordó las palabras del ututo y con un sentimiento impertérrito a la defensiva fue asumiendo la realidad de la inmortalidad. Acababa de enfrentarse a la muerte y al mismo tiempo discernía que no la conocería nunca. Tomó a su padrastro entre los brazos y sintió el frío prologando su descomposición. Pero Bruno no quería que el cuerpo de su padrastro corriera la misma suerte que el resto. No lo recostaría en una pira para que el fuego lo deshojara, ni mucho menos pondría sus huesos en el mortero de piedra para pulverizarlos y así mezclarlos con las cenizas. De modo que entró a la casa y se quedó allí por mucho, mucho tiempo.

Cuando por fin salió había envejecido hacia una imagen de un hombre de cuarenta años y, con esa figura, se abrió paso hacia el pueblo para enfrentarse por primera vez ante las otras personas. La gente le pareció vana y vacía y por ello no tardó en imponerse y convertirse, en muy poco tiempo, en alguien respetado, como también temido.

Durante muchos años Bruno pensó, ideó, creó e instruyó. De más está decir que todos los avances que tienen hasta el día de hoy son consecuencia y obra de él. Desde el sistema de construcción, costura, tejido, agricultura, fundición, arte, enseñanza, doma, carpintería, riego y demás hasta la pobre astrología, botánica, geografía e historia. Nada pudo escaparse al poder de su ser ni a su longevidad.

Todos lo respetaban y veneraban, pero las miradas comenzaron a extrañarse cuando, día tras día, la juventud de los habitantes comenzó a dejar de lado sus cuerpos y el frío y la aridez de la vejez a hacerse cargo de la lozanía. Bruno parecía siempre el mismo, salvo por el crecimiento del pelo que retornaba la misma imagen una vez recortado. De esta forma las lenguas comenzaron a hablar y a conjeturar sobre él los grandes misterios que no comprenderían nunca.

Para cuando Bruno se percató de lo que decían, ya muchos de aquellos que lo conocieron desde el principio habían cedido paso a la muerte. Y fue desde ahí que su condición comenzó a acecharlo y a olfatearle la espalda sin descanso.

Sucedió que a medida que la gente que él conocía moría, Bruno envejecía lo respectivo a un año, pero solamente en cuanto al aspecto, porque su fuerza seguía siendo la misma o incluso más grande. Esto no le agradaba en absoluto: cada muerte era un peso, una desesperanza, un castigo inalienable que lo sumía en los dolores más acérrimos que pudieran tolerarse.

El rancho en el que había vivido toda su vida estaba derruido y, alrededor de él y dispersados cientos de metros a la redonda, se hallaban incontables máquinas, artefactos y elementos creados por sus largas noches de naturaleza indeclinable. Como todo lo que lo rodeaba él también comenzó a descuidarse y las muertes a demacrarlo cada vez más. Tanto, tanto que se alejó de las personas y se volvió hosco y ermitaño. A consecuencia ya nadie se le acercaba, ni se le acercaría de nuevo. Las generaciones pasaron y su popularidad de señor del progreso y la ciencia se transformó en una impresión evasiva, despectiva y olvidada de lo que había sido (pero que seguía siendo ocultamente).

Durante el día era casi imposible divisarlo a menos que se espiara con saña y sigilo el entramado laberinto de hierros y maderas que era su rancho, temiendo toparse con alguna de sus máquinas sistematizadas para alejar a cualquier intruso. Durante la noche cobraba el aspecto de un viejo encorvado y frágil que vagaba por la lejanía sollozando con las alimañas y el silencio.

—Mira, allá a lo lejos: el Viejo Bruno.
—¿Dónde? Yo solo veo una pequeña luz.
—Exactamente. Se dice que esos son sus ojos.
—¿Cómo lo sabes?
—Presta atención… ¿Escuchas su lamento?
—Si… su sonido transmite un dolor tan antiguo y profundo como la sombra.
—Dicen que es el lenguaje de la eternidad que sólo conocen los inmortales y en cuyo idioma no existen más palabras ni sonidos que ese, el cual se traduce como una súplica hacia la muerte.

V
No se sabe con certeza cuántos años pasaron, pero sabemos que fueron varias generaciones, hasta que un día una serie de arcones de amplias dimensiones aparecieron en medio del pueblo. Cuando los Señores los abrieron encontraron rollos y rollos de cables y —lo que nosotros llegaríamos a llamar— focos, junto a un instructivo detallado de implementación en finas láminas de madera.

Los Señores pusieron en marcha el proyecto y en poco tiempo los postes y los cables estuvieron entramándose por todo el pueblo. Sin embargo nadie sabía para qué serviría todo eso ni tampoco indagaron al respecto.

Lo siguiente significativo fue que de un día para el otro apareció un molino —el primero— más allá de la empalizada. De más está decir que fue motivo de charla durante varios días hasta que se repitió la historia y, un segundo molino, mucho más grande y soberbio, se impuso con sus aspas cerca del río. Todos lo contemplaron pero nadie se atrevió a asomarse, puesto que era tierra transitada del Viejo Bruno y así, mientras la incertidumbre y curiosidad crecían entre los habitantes del pueblo, el artífice de tales obras se hallaba sumido en una incandescente locura y soledad.

Bruno se encontraba harto de la sucesión de los días y había llegado a la conclusión de que ya no tenía nada para hacer, salvo… un último proyecto. Arrugado, con la barba y los cabellos cubriéndole el cuerpo andrajoso en un cuarto pequeño y asfixiante, Bruno tomó un cuchillo (de los miles que había forjado) y se cortó lentamente la palma de la mano. No sintió nada como era de esperarse y exprimió el puño para que su sangre se derramara sobre un pequeño artefacto que había encima de una mesa. Cuando la sangre acarició el mecanismo y se desplazó a voluntad propia por todas sus partes, el artefacto comenzó a hacer girar sus engranajes y estos, a su vez, movilizaron otras partes que a su vez hicieron que un pequeño foco se encendiera y la oscuridad del cuarto se vio interrumpida para reflejar las últimas miradas brillantes del glorioso anciano.

Una de las noches más oscuras en que se vio sumido el pueblo, dijeron haber visto al Viejo Bruno (en realidad los puntos de luz de sus ojos) encaminarse hacia el gran molino. Y como nadie nunca jamás pudo penetrar en él se desconoce lo que allí dentro sucedió y tal vez sigue sucediendo. Porque, al momento en que vislumbraron sus ojos apagándose con el estampido de la puerta de metal, no se oyó otra cosa más que su último lamento, el crujir de las aspas girando y el sonido del aire siendo interrumpido por la luz que viajaba por primera vez y para siempre, desde el molino del Viejo Bruno hasta cada foco del pueblo.

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